SABORES SUSTENTABLES
por Luis Shankar
¡A comer! ¡A comer!… ¡Ya está la comida!… ¿Quién olvida semejante frase mágica en nuestra información genética? Ya en el momento en que el óvulo es fecundado, la mujer — la madre, la compañera, la amiga, la amante, la Tierra–, comienza a cumplir su misión: nutrir al ser que un día manifestará conscientemente la razón por la que tenía que ser alimentado, y que evolucionará amando.
El feto/embrión en su danza celular pide ser amado, nutrido, y alimentado; por medio de una conexión física, sentimental y espiritual crea una relación íntima con la diosa que le permite hospedarse por algunos meses en la cápsula divina acuática: el útero.
Nadamos y nadamos mientras nos desarrollamos en las entrañas de la madre que nos da vida, amor y luz. La comunicación determinará nuestro futuro existencial; sus palabras, pensamientos y caricias serán absorbidos entrañablemente. El cordón umbilical y el corazón transmitirán pulsaciones que se depositarán en el cuerpo emocional del pequeño.
Esto quiere decir que mientras crecemos en el útero somos receptores de los estados emocionales de mamá. La nodriza, desde el principio (la gestación) hasta el final (la muerte), estará presente consciente e inconscientemente en nuestro cuerpo y psique nutriéndonos, alimentando cuerpo, alma y espíritu.
Fue, es y será siempre la mujer el verdadero carruaje que ha sostenido el caminar de la humanidad. Los poderes superiores que posee se manifiestan eternamente a través de su mirada, de sus senos, de su cuerpo curvo que emite acordes divinos a todos los seres.
Y continuará en torno al ¡A comer! La relación entre la madre y el crío se transforma cuando el lactante demande sin tregua su néctar lechoso (la leche materna) y complemente y complete así el ciclo reproductivo, contribuyendo a que el útero regrese a su tamaño normal a través de su goce al mamar, chupar y succionar.
Apenas nacemos, ir hacia los senos y llegar a ellos es uno de los éxitos más enriquecedores de nuestra existencia; beber el néctar vital, maná de mamá, es experimentar lo absoluto, es creer en la vida, es danzar con el cielo. Es el infinito amor de la mujer a la humanidad.
Detrás del calostro de la leche materna, está el alimento del contacto corporal el cual nos acompañará siempre. El ser buscará el contacto físico y sexual con otros seres y así reafirmar su conexión con la madre: la Tierra.
La leche, el contacto, el amor, los regaños, las sonrisas son el coctel que una madre brinda para enriquecer a sus hijos. La mujer es la eterna primavera que siempre florece a nuestros ojos y nunca deja de alimentarnos.
La mujer a su vez, en su interior, vive experiencias profundamente ligadas a los ciclos planetarios fuertes, y sufre alteraciones químicas que ni ella misma logra comprender. Sin embargo la Madre Tierra provee lo necesario para que el impacto emocional no sea tan fuerte: perejil, chicoria, diente de león, ortiga, hierba de avena, cebada tostada, algarrobo, hojas de frambuesa y zarzamora, etc. Sobre todo procurar disminuir el consumo de azúcares, carnes y alimentos procesados, lo que ayudará considerablemente a disminuir los cólicos menstruales y bochornos menopáusicos, logrando así mayor estabilidad emocional.
Con la explosión floral, la mujer y la primavera se funden en una danza universal de formas, colores y aromas. Ambas manifiestan la divina feminidad y en el cauce de los sabores maduran los frutos de la estación: piña, mango, jaboticabo, mamey, papaya, aguacate, fresa, por mencionar sólo algunos. La Madre Tierra siempre abundante invita al festín de alcachofas, lechugas, acelgas, chayotes, romeritos, jitomates, brotes, berros, habas… un mar infinito a degustar. No olvidemos que la fuente que nos nutre es la mujer, la amiga, la madre, la Tierra.
CHAYOTES DORADOS
Porción para 4 personas:
1 kg de chayote
1 cebolla morada
½ taza de agua
1 cucharadita de cúrcuma
1 pedazo de jengibre
3 cucharaditas de aceite de oliva extra virgen
Queso y sal al gusto
Rebane los chayotes sutiles y póngalos con agua en un sartén antiadherente, agrega la cebolla y el jengibre en rodajas. Cubrir y dejar cocer a fuego lento por 20 min. En frío mezclar cúrcuma con aceite de olivo y verter sobre los chayotes. Agregar el queso y la sal al gusto.
¡Buen provecho!










