La arquitectura informal

Por Armando Uribe-

La historia de la arquitectura contada en las escuelas occidentales no considera a la arquitectura informal como algo digno de ser estudiado. Comúnmente esta historia se centra en la arquitectura de las clases privilegiadas o en la arquitectura religiosa. La arquitectura que llamo informal es la arquitectura hecha por la gente que la habita, la arquitectura sin pedigrí. Esta no ha sido planeada ni diseñada por arquitectos o construida por “especialistas” constructores, tampoco se construye con el propósito de venderse, aparecer en alguna publicación o ganar algún concurso. Es tan poco valorada que no tenemos un nombre para definirla.

 

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¿Por qué tiene sentido comprender el valor de la arquitectura informal?

 

Aunque existen cientos de ejemplos que demuestran claramente la presencia del conocimiento tradicional, la arquitectura es tal vez la muestra más clara de algunas de estas tradiciones que aún se mantienen vivas. Este registro queda grabado en los métodos de construcción, en la forma arquitectónica y en la relación de espacios con el entorno natural. La arquitectura muestra la manera de pensar de las personas que la construyen, su entendimiento de las características climáticas del lugar, la topografía y hasta la manera en la que interactuamos y socializamos. En otras palabras, la arquitectura es un registro material y cultural que cuenta la historia de la evolución y la diversidad cultural que ha existido por milenios.

 

Hoy en día, prácticamente todos los materiales que utilizamos para construir vienen de muy lejos y son dañinos, no sólo para los ecosistemas y personas que habitan el lugar en el que se construye, sino que también afectan a los ecosistemas y personas que habitan en el lugar de donde se extrae la materia prima para producirlos. El costo ecológico de los procesos de construcción es altísimo y cada día más evidente. Sin embargo, menos evidente pero igual de grave, es la erosión cultural que producen estos procesos industriales.

 

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En México existen alrededor de cincuenta pueblos indígenas. Cada uno de estos pueblos ha producido y perfeccionado un tipo de arquitectura por cientos de años. La arquitectura informal se encuentra distribuida en prácticamente todo el territorio mexicano. Sin embargo al igual que nuestros bosques y ríos, este acervo cultural se está erosionado a pasos acelerados. Hoy son pocas las personas que saben cómo se construye esta arquitectura. A cualquier pueblo al que vayamos, si miramos con detenimiento encontraremos alguna ruina ejemplo de arquitectura informal que se ha mantenido erguida por más de cien años, algunos viejos recuerdan algunas historias de cuándo y cómo (técnicas ancestrales de construcción) se construyó. Como dice el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa “La arquitectura que ha predominado en los últimos treinta años se ha concentrado en generar un impacto visual instantáneo, en vez de una experiencia espacial a nivel existencial en el que intervienen todos los sentidos, la arquitectura ha adoptado la estrategia psicológica de vender una persuasión instantánea; las construcciones se han convertido en productos o imágenes carentes de profundidad existencial y de sinceridad.

 

Nos enfrentamos con enormes retos a nivel global, hoy más de la mitad de las personas vivimos en ciudades, la diversidad genética se está perdiendo, los bosques se están erosionado, los ríos que hace solo cuarenta años corrían limpios hoy están contaminados.

Mi hipótesis es que la arquitectura informal es un acervo cultural que contiene innumerables pistas extremadamente útiles para dar respuesta a los retos a los que nos enfrentamos, para regenerar nuestros ecosistemas y nuestra sociedad. Encontramos ejemplos como la arquitectura biodegradable de los kikapues, otro son las chinampas en Tenochtitlán, sistemas de aprovechamiento de recursos y producción de alimento intensivos, o la elegantísima casa maya con su adaptación al sitio y el confort térmico de su interior sin medios mecánicos.

 

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Otra parte de mi hipótesis es que para comprender y mantener vivo este acervo se requiere de métodos particulares. Múltiples culturas indígenas alrededor del mundo han mantenido vivas sus tradiciones por cientos de años. A diferencia de la información que adquirimos al leer un libro o ver un video, el conocimiento tradicional indígena se mantiene vivo en la memoria de las personas. Este tipo de conocimiento se transmite de manera oral y vivencial, del “maestro” a sus aprendices los cuales van desarro-llando las habilidades necesarias para comprender y utilizar este conocimiento en la vida práctica. Esta transferencia es un proceso de largo plazo y puede tardar varias décadas antes de que un aprendiz se convierta en un maestro. Desde esa perspectiva, el significado de maestro no es el mismo que hoy utilizamos para llamar a alguien que ha adquirido un título académico, más bien es un término que se refiere a que alguien ha adquirido suficiente experiencia relativa a alguno o varios temas de importancia para dicha comunidad. En el caso particular de la arquitectura, un maestro conoce los métodos de construcción así como los elementos arquitectónicos que ayudan a las personas a adaptarse a las condiciones climáticas de cada región. Como un ejemplo, en la lengua tzeltal (que pertenece al grupo étnico que habita en las montañas de Chiapas y lleva ese mismo nombre) la palabra jnopeswanej significa “aquél que hace a otros aprender” cargo que es otorgado a dicha persona por la comunidad.

 

Si bien la arquitectura informal se mantiene viva todavía, tenemos poco tiempo para reintegrarla y aprender sus lecciones para lograr que este conocimiento se transmita ya que las personas que saben cómo construirla son pocos y la mayoría son viejos. Llevar a cabo esta tarea significa que como personas nos convirtamos en eslabones y adquiramos el conocimiento basado en la experiencia para transmitirlo a los que vienen detrás de la misma manera.

Armando Uribe:  armando@coop9.org    www.coop9.org

 

fotografia: Armando Uribe, Jane Tait

La Casa Nuestra de Cada Día

Por Balam Ibarra-

 

Cuando tenía unos 9 años, encontré en el enorme jardín de la casa un hoyo perfectamente redondo en el suelo. Le pregunté al jardinero que qué animal lo había hecho y me respondió sin emoción que una tarántula. Para él era, obviamente, lo más normal, pero a mí me sorprendió mucho. Desde ese día me ha gustado averiguar qué tipo de casas construyen los animales y los insectos.

 

He visto nidos colgantes y termiteros gigantescos; he fotografiado telarañas bellísimas  refulgiendo empapadas de rocío. He observado por días cómo unas avispas negras construyeron el panal en que viven colgadas de una viga en mi terraza.

 

Un buen día, hace muchos años, se me ocurrió que, en mi condición de animal, como cualquier otro bicho que sabe hacer guaridas, tenía derecho a fabricarme una casa. Y la construí a pesar de haber estudiado una carrera humanista, de no tener ninguna experiencia constructiva más allá de armar avioncitos a escala, de no tener cayos en las manos, de no saber usar correctamente ni siquiera un serrote, de padecer -como decía mi papá- retraso manual. Quedó más o menos… pero no se ha caído todavía.

 

Construir esa pequeña cabaña en el Ajusco transformó mi vida radicalmente. De ejecutivo en a-scenso, me convertí en anacoreta experimental. No tenía luz ni agua ni teléfono. A veces amanecía con escarcha en los bigotes. Pero no me importaba, estaba viviendo en mi casa, la que yo había construido con mis propias manos, que ahora sí mostraban cayos y cicatrices. Me sentía bien conmigo mismo. Construir mi casa, lo digo con total convicción, me enseñó cómo construirme.

 

Construir me ha acercado a personas maravi-llosas y osadas como Víctor Klassen,  quien sabe transformar la madera en un arroyo de formas infinitas o al finado y fino Púa, que no le tenía miedo a nada. Ambos decanos del arte de abrir puertas y ventanas.

 

Valle de Bravo se está convirtiendo poco a poco en un experimento social que busca, más allá del cliché, la sustentabilidad. Este pueblo mágico -no por la definición de la Secretaría de Turismo- sino por las cosas que suceden acá, ha reunido a constructores excepcionales como Armando Uribe y Bernardo Barona. Parió también a la UMA y atrajo a maestros, maistros y constructores geniales como Juan Casillas y Raúl de Villafranca. A este pueblo que ha visto caminar por sus empedradas calles al abuelo de todos los movimientos psicodélicos: Timothy Leary, se han acercado constructores imaginativos y generosos como Jaime Carral, José Rosas “el Roses” y Philippe Hochuli.

 

Todos nosotros, la comunidad de constructores sustentabilófilos de Valle de Bravo, perseguimos por diferentes -a veces radicalmente- avenidas un mismo sueño: construir casas hermosas y éticas para que nuestros hijitos y los tuyos vivan a gusto por muchos años en nuestro mágico pueblo mágico.

 

Balam Ibarra es escritor, terapeuta, profesor universitario, experto en desarrollo comunitario y constructor. En esta última faceta, Balam diseñó y construyó el sistema de veredas de Monte Alto, resolviendo de paso los problemas de tala e invasiones de la reserva. Construyó también la vereda que une el Velo de Novia con la orilla del lago y los puentes sobre el río de los Gonzales en el mismo parque. En YURT su taller de carpintería diseña y fabrica estructuras de madera (los techos recíprocos son una especialidad de la casa), muebles finos y yurts, polifacéticas construcciones semifijas de madera y lona.